Bajo la mirada canina

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Bajo la mirada canina

Category : Texto

Cuando comienzo mis clases de adiestramiento, repito hasta el cansancio una frase corta y concisa que, a medida que pasa el tiempo, me intereso en explicar detalladamente al dueño: “El perro tiene un solo objetivo en su vida; maximizar refuerzos y minimizar castigos”.

La gente me mira, a veces girando la cabeza levemente hacia un costado, como he visto hacer más de una vez a mi Shar Pei de año y nueve meses, intrigada por la frase que acabo de decir. Creo que algunos ni siquiera siguieron el hilo de la frase y se quedaron en “objetivo”. Sin embargo, otros, tal vez con mayor claridad de conceptos capta al instante la frase y entiende de qué va la cosa.

Desglosemos la frase. Cuando hablo de “un solo objetivo en la vida” me refiero a una vida evolutiva y darvinista donde lo que prima, el impulso de su vida, es la supervivencia en el ámbito que se encuentre. Un perro puede encontrarse en Afganistán combatiendo cuerpo a cuerpo con sus compañeros humanos soldados, en Palermo Soho paseando con su dueña que salió de compras o viviendo en la calle junto a un compañero bípedo sin hogar. Indiferentemente de cual sea su situación, lo único que querrá es sobrevivir, al costo más económico en términos evolucionistas y físicos posibles.

“Maximizar refuerzos” se refiere a aumentar las probabilidades de que cosas buenas y benéficas para su supervivencia sucedan cada vez más. Entendemos refuerzos por alimento, refugio, relación social, en fin, cosas positivas. Un perro necesita todos estos elementos para optimizar su supervivencia. Entiende que no puede vivir sin alimentación, sin un refugio que lo resguarde de determinados peligros o sin un círculo social que lo rodee. Para explicar esto, a veces sugiero a los dueños de los perros que visito que piensen en los perros callejeros que andan solos. Si no han tenido tantas malas experiencias, algunos de ellos se acercan a las personas, se sientan, dan la pata, se acercan cariñosamente, pidiendo permiso con sus gestos corporales para achicar distancias. Uno, que tiende a sentir aprecio por estos prácticos canes, si está en la playa le brinda un pedazo de galletita, un trozo de pan, o simplemente un poco de agua común. ¿Qué hizo el perro? ¿Busca una familia que lo adopte? Digamos que en el mejor de los casos si, pero esencialmente, como no poseen ni futuro ni pasado, solo un presente empirista, desean conseguir un refuerzo (dígase alimento, cariño o refugio). No se trata de creer que son animales sin una emoción, pensamiento con el cual no concuerdo por repetidas experiencias con esta maravillosa especie. Si no que intento explicar el mecanismo evolucionista con el cual está configurado su cerebro. Si un perro callejero ha obtenido resultados beneficiosos al sentarse a una distancia prudencial de un grupo de personas, lo más probable es que repita esta actitud para seguir obteniendo ganancias. Para ser más claro aún, daré un ejemplo conciso que me pasó hace un tiempo en la ciudad de Ramallo, Provincia de Buenos Aires. Me encontraba en compañia, tomando mates y comiendo unas facturas durante el horario de la merienda. Un perro callejero, bonachón, con ojos redondos, de buen aspecto, se acercó agachando la cabeza, mostrando cierto tipo de “reverencia” y cuando le permití tener una distancia cercana conmigo levantó levemente la pata en una posición de “sentado” y refregó su cara sobre mi pierna. Instantáneamente, como por arte de magia, mi compañera exclamó: “¡Ay, que tierno es!”. Voilé. El perro relojeó hacia atrás a un compañero de su especie que deambulaba junto con él. Por mis adentros, me pregunté, pecando de humanizar demasiado a estos animales qué le estaría diciendo mentalmente. Seguro sería algo así como: “Viste, este truco nunca falla, hoy comemos.”

Pensemos, siguiendo con el mismo ejemplo de los perros callejeros, en el segmento de la frase “minimizar castigos”. Si en lugar de responder amablemente y ofrecerle un trozo de factura, yo le hubiera lanzado gritos de “¡Fuera!” y una patada o algo semejante, no solo hubiera degradado mi existencia como especie humana, sino que las probabilidades que ese can repita esta actitud hubiera disminuido. La próxima vez que se encontrara a dos personas de diferente sexo sentadas comiendo (destaco el escenario, debido a que los perros generalizan, un concepto que explicaré más adelante) lo haría con mayor precaución, con cautela por “miedo” a sufrir los mismos “castigos”. ¿Qué entendemos por castigos? No solo golpes, insultos o gritos. “Castigos”, en idioma canino, es todo aquello que implique cierto peligro de muerte o lesión, es decir, de imposibilidad de supervivencia. Todo factor externo o interno que cause desagrado, peligre la supervivencia o no.

Es por todo esto, que los perros conducen sus acciones bajo éste tópico. Gracias a tener esta frase grabada de forma práctica en su cerebro consiguen y han conseguido sobrevivir tantos años a nuestro lado y superar a los lobos, zorros y chacales en cantidad poblacional.

El entorno para ellos presenta un mundo de posibilidades, negativas y positivas, peligrosas y no peligrosas, de supervivencia y de no-supervivencia. El escenario donde se encuentre es perceptible de realizar diferentes conductas. Pero la naturaleza es sabia. Un perro que sabe que morder un cable delante de su dueño le traerá consecuencias negativas, es decir, castigos, no lo hará (por lo menos no mientras él se encuentre presente), porque presenta un potencial peligro a su supervivencia. En cambio, cuando el humano no esté (no utilizo la palabra “amo” por cuestiones filosóficas personales) “nada malo” puede pasarle, entonces, por qué no morder ese cable si me divierte tanto hacerlo (en este placer hay un refuerzo).

Quiero finalizar el desarrollo de esta frase con otro ejemplo de mi experiencia. En el tiempo que llevo estudiando el comportamiento animal me he dado cuenta que solo los ejemplos tangibles ayudan mucho más que los conceptos teóricos abstractos a comprender un tema. Cuando mi Shar Pei tenía la edad de 6 o 7 meses se la pasaba mordiendo todo cable que encontrara en mi casa. Era imposible (debido a mis pocos conocimientos de conducta animal) erradicar ese comportamiento. Mientras yo estaba en casa podía evitar estos inconvenientes, pero cada vez que salía, volvía sabiendo que me encontraría con la necesidad de cambiar o cubrir algún trozo de cable roto a pesar de mis esfuerzos de esconderlos. Un día, estando en el comedor de mi casa, se apagaron las luces, debido claramente y a simple vista, por el salto de la térmica. Sentí a mi perro acercarse a mí muy asustado. Creyendo que era por el ruido o algo por el estilo lo calmé y acudí a levantar la térmica de mi casa. Cuando me pongo a hurgar buscando el punto del problema, encuentro un cable del dormitorio pelado y todo quemado. Cuando lo levanté, Cyrano automáticamente salió disparando, no quería ni acercarse. Entendí al instante, estuvo jugueteando con el cable y al morderlo de más le dio una descarga eléctrica mínima pero suficiente para entender que eso que antes le era reconfortante y funcionaba en sí como refuerzo, se había convertido en un potencial peligro para su subsistencia. Es hoy en día, que mi perro sigue sin acercarse a un cable de la casa. Santo remedio.


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